“Ánimas”, un cuento de Mirza Mendoza

En Perú, la narrativa siempre sale más allá de un simple ir y venir. Pero la narrativa de terror y misterio sigue siendo un mundo nuevo. Desde las historias de Clemente Palma, pasando por los cuentos de Lastenia Larriva, terminando en exponentes actuales como Saldívar o Poldark Mego, encontramos que la narrativa de suspenso, terror y misterio va más allá de un estrar aquí. Por eso, traemos una de las nuevas voces en la escritura peruana: Mirza Mendoza

Mirza Patricia Mendoza Cerna (Lima, 1985). Cuentista peruana. Comparte su obra en la página de Facebook: “Relatos para tus ratos de ocio”. Ha colaborado en revistas literarias virtuales de Perú: “Sexta Formula” y “Libre e Independiente”, México: “Revista Engarce” y Argentina: “El Narratorio”, entre otros. Participa en la antología peruana “El día que regresamos” de Pandemonium Editorial. Autora del libro de relatos de terror: “Tenebrismo” – Editorial Sexta Fórmula. Autora del E-book “El currículum de una Ludópata” – Editorial Libre e Independiente. Participa en la antología “Presbítero. Eternos residentes” que publicará Ángeles de Papel editores.

Ánimas

Regresaba de un corto viaje, luego de una jornada de trabajo de seis días. El bus, como siempre, estaba repleto; pero acostumbrada a esa situación, no le di importancia. Estaba a solo media hora de llegar a mi destino, cuando una fuerte colisión nos sacudió como muñecos de tela dentro del bus. Llantos, gemidos y gritos llenaron mis oídos. La carretera al costado del abismo fue el peor lugar para transitar en aquel momento, ya que inevitablemente quedamos al fondo de él.

Caímos, caímos mientras nuestros cuerpos se iban quebrando. Luego de eso no sentí más dolor y me incorporé. Mi visión, al principio, estaba nublada, pero al transcurrir un poco de tiempo, pude ver portales de luz y oscuridad que empezaron a abrirse alrededor mío. Al mismo tiempo, veía los cadáveres regados de los que fueron mis compañeros de viaje y uno que otro sobreviviente musitando ayuda entre los fierros retorcidos del bus.

Vi con claridad cómo algunas almas se desprendían de los cuerpos magullados y que de los portales de luz salían seres alados presurosos, para recibir a esas ánimas. También vi emerger almas oscuras, putrefactas, marcadas y deformes de los cuerpos inertes. El asombro era enorme en mí. Grandes brazos salían de los portales de oscuridad; los jalaban mientras chillidos inhumanos salían de sus asquerosas bocas.

Estaba yo ahí, estupefacta ante el gran espectáculo, consciente de que yo era un alma más, y que en cualquier momento vendrían por mí. Luego todo quedó en silencio. Merodeé por el lugar y encontré mi cuerpo. No sentí pena de mí. Me acerqué a mi rostro y, de repente, una presencia me habló:

—Así que tampoco te han llevado a ti.
—¿Quién eres tú? —dije asustada.
—Soy ahora como tú, un ánima más que está varada. Si embargo cuando mi corazón latía en la tercera dimensión era Bonifacio, ingeniero y padre de tres niños.
—¿Cuánto tiempo llevas varado, y por qué no te llevaron?
—No lo sé con certeza; lo que son segundos en vida terrenal pueden ser horas en esta dimensión. Mmm, no sé qué contestar a tu segunda pregunta, no tengo idea de por qué no me llevan. Claro, que siento miedo de que lo hagan los oscuros. Incluso hay muchos que se esconden…
—¿Se esconden?, ¿quiénes se esconden?
—Las ánimas aborrecidas, esas tienen marcas y deformidades. A veces los portales no se abren, creo que es porque los demonios son ociosos hasta para recoger a los suyos. En cambio, los ángeles son rápidos y eficaces. Apenas ven un alma con pocas deformidades pelean por llevársela. Son épicas esas batallas. Son aguerridos y fieros tras esa apariencia de paz y amor.
—Lo que me cuentas es asombroso. Te veo bien, qué raro que esos seres de luz no te hayan llevado.
—No me perciben, soy como una falla en el sistema, muchas veces me acerqué a preguntarles, a suplicarles que me llevaran, pero no posan su vista en mí. Simplemente me ignoran. Los maldije muchas veces porque hasta almas más corruptas que yo fueron absorbidas por la luz.
—Entonces yo también he sido ignorada. ¿Cómo ves mi imagen?, ¿tengo alguna deformidad?
—Déjame verte bien… ¡oh! ¡Tienes pies! ¡No puede ser! Mírame bien, yo levito, quiero ver mejor cómo te desplazas.

Empecé a caminar: izquierda, derecha, izquierda, derecha. La mirada de fascinación de Bonifacio era digna de una foto. Había barullo cerca del bus accidentado. Gente mirando la cruenta escena. Policías y agentes de rescate ya bajaban al fondo del abismo. Subían en camillas a los sobrevivientes. En último lugar, a los finados. Ahí iba mi cuerpo. Bonifacio me alentaba a seguirlos, pero no quería ir a verme toda destrozada, fracturada y maltrecha. Cuando todos se fueron, Bonifacio me recomendó escondernos. No entendí su pedido, solo hasta que estuvimos rodeados por ánimas varadas como nosotros pero que eran, a su vez, distintos. Eran las cosas más horrorosas que había visto en mi existencia: una mezcla de rarezas e imperfecciones. Bolas con brazos que terminaban en puntiagudas garras, seres aberrantes, sucios, difíciles de describir. Tan diferentes entre sí pero horribles, uno más que el otro.

—Aléjense, escorias, ya pronto vendrán por ustedes —dijo Bonifacio poniéndose delante de mí.

Esas almas malditas no contestaban y se iban acercando cada vez más. Yo no sabía si eran capaces de hacernos algún daño. Cuando estaban casi por tocarnos, un portal se abrió sobre nuestras cabezas y demonios flacuchos, de múltiples colores, empezaron a succionarlos. Las ánimas que querían atacarnos antes, ahora imploraban por perdón, rezaban y se retorcían. Uno por uno fueron pasando a través del portal en contra de su voluntad. Luego la atención de los demonios se fijó en nosotros. Nos miraron de pies a cabeza y se ensañaron conmigo. Bonifacio me abrazó mientras les gritaba: «¡Ustedes no tienen poder sobre nosotros!, ¡déjenla en paz, ella no es de los suyos!, ¡ella está entera y completa!; ¡se van a arrepentir de querer llevársela!». Yo hacía fuerza para seguir abrazada a Bonifacio, él no se cansaba de defenderme con palabras airadas. Un demonio incrustó su
dedo en él y Bonifacio empezó a dar alaridos. Un portal de luz se abrió a nuestro lado, de ahí emergió una prominente espada que atravesó al insolente demonio, quién solo atinó a sonreír y retrocedió. Luego del portal salió un ser hermoso y reluciente. Tocó a Bonifacio y cerró el hueco dejado por el demonio. Pasó su brazo por él y con lentitud se lo llevó, mi nuevo amigo intermediaba por mí: «¡Ella es de los nuestros… a ella también!, ¡por favor, se los suplico!».

El ser alado nunca dirigió su mirada hacía mí. Era yo nada para él. Bonifacio se fue mirándome entre triste y contento. Ambos portales empezaron a achicarse. Los demonios que se habían quedado viendo la escena se fueron uno a uno. Quedé sola: miré mis pies y una sensación extraña me invadió. Un vórtice empezó a jalarme cada vez más rápido, pasé por unos tubos larguísimos hasta que sentí pesadez. Abrí los ojos en cuidados intensivos. Acababa de salir de coma.