Poldark Mego Ramírez (Lima, 1985) Psicólogo, actor, director de teatro y gestor cultural. Autor de los libros Pandemia Z: Supervivientes (Torre de papel ediciones, 2019). El Domo, historias distópicas (Torre de papel ediciones, 2020). Pandemia Z: Cuarentena (Torre de papel ediciones, 2021). Organizador de la convención internacional de literatura fantástica Uróboros. Miembro fundador de la asociación de escritores de ciencia ficción, fantasía y terror Perú CFFT. Ganador del premio Orbituorio en la categoría cuento de ciencia ficción: Tierra en el año 3000. Director editorial del

***

El monstruo bola

El monstruo bola es como una pelota. Bota y bota el monstruo bola. Esta hecho de carne colgante. Repugnante, repugnante. Tiene los ojos enormes y una gran boca con cuchillos por dientes. Aunque sea pequeño no se debe subestimar, es muy feroz y sí suele asustar. El monstruo bola es malo, muy malo -y envidioso-. Visita casas donde no cierran las ventanas por la noche. Se escurre rodando, silencioso, misterioso. Usando su extraño poder, imita las voces de las personas que se quiere comer.

Esta noche llegó a la casa de una mamá que vivía solo con su hijita, los dos solitos en una humilde casita. El monstruo bola entró por la ventana de la sala abierta por el calor. Eso fue un grave error y, velado por la noche, se ocultó debajo de la mesa comedor. Mientras la familia cenaba, el monstruo bola miraba y decidía qué par de pies primero comería, porque el monstruo bola solo tenía brazos y completar su cuerpo le apetecía, por eso andaba de casa en casa probando las partes que carecía.

La mamá acostó a su niña y se fue a dormir. La noche silenciosa estaba triste por los que iban a sufrir. Ningún animal maullaba o roía, labraba o volaba; todos sabían que el monstruo bola dispuesto a devorar estaba. Y en medio de la nocturna la mamá oyó a su hija, la llamaba desde la salita, como una dolida pajarita. La mamá se levantó rauda, corrió hacia el llamado. Qué pena mamá, si tan solo el otro cuarto hubieras comprobado.

En su habitación, la pequeña tenía pesadillas sin razón. Soñaba con pasos acuosos, como pies pisando charcos lodosos. Llamó entonces —Mamá ¿mamá? —Y la noche respondió: —Ya voy mi amor.

Cuento original:

Elune Mego

El monstruo bola está en el piso de abajo. Papá va porque dice: ven, ven, soy Elune. Tú vas y zas te araña y chau, moriste. Después sube a mi cuarto y yo digo: ¿papá? Y el monstruo me dice: Si hijita y zas me araña, pero yo lo mató con mis peluches.

***

Psicofonía

Matilde, Matilde, tanto deseas encajar que a siniestras travesuras te dejas arrastrar. En la noche de Halloween visitando el panteón, acompañada de tus primeras amigas, que emoción. Encontraron en la red una salmodia a los seres del erebo, y jugaron entre ustedes al: yo sí me atrevo. Reunidas danzando sobre una tumba cerrada, alzaron sus cánticos a la noche que probar sus cuellos anhelaba. Bailaron como prosélitos posesos, aullando a la luna con gestos obscenos. Sus suaves manos desafiaron sus dogmáticas ideas, pérfidas injurias acariciaron sus precoces siluetas. Grabaron sus melodías en un reproductor, querían conservar una prueba de su valor. Mas cuando reprodujeron la cinta para oír sus altivas voces, no hubo ningún jolgorio ni goces. El artefacto emitía por toda grabación, una lúgubre y monótona distorsión. Alzaron el volumen para distinguir los gemidos que parecían relucir. Tremenda sorpresa se dieron cuando oyeron las palabras que se reproducían: “Tengo frio, tengo frio”, varias aciagas voces decían. La noche se hizo un negro telón, absoluto manto ónice, negrura sin compasión. El volumen de la grabación se elevó y a los oídos de las chicas llegó; aquellos ruegos como un reclamo sempiterno, de almas atrapadas en el terrible averno. Dejaron caer la grabadora al notar que eran sus propias voces suplicando por piedad. De truenos y vientos fuertes se llenó el espacio de los muertos residentes. El véspero fagocitó la escasa luz del sendero, sumiendo a las chicas en total desespero. Matilde sentía que su razón abismaba, al igual que su fuerza física la abandonaba. La noche de los terrores y sus moradores lucía contenta, pues unas jovencitas se ofrecieron como ofrenda. Las niñas por el báratro fueron tragadas, en un instante sus existencias borradas. De ellas nunca más se supo o preguntó, en leyendas su historia se inmortalizó. Por eso les digo, cuídense antes de blasfemar, verifiquen que solo se trata de jugar. Revisen que solo sea un fraude, una simple broma sin alarde. No creas que no por no creer, estás a salvo de esa maldad añora tu alma retener.

“—Todo esto suena muy didáctico, pero no creo en el Diablo.
—Pues deberías, porque él cree en ti”.
Película Constantine 2005

***

La fiesta del fin del mundo

Fue el telescopio más potente de la humanidad el que lo detectó. Era una masa orgánica de proporciones colosales, más grande que la luna. Vagaba por la inmensidad del universo sin propósito aparente hasta que lo vieron aferrándose a mundos (que posiblemente albergaban vida) y los consumía hasta dejarlos yertos. El saber que la humanidad no estaba sola en el universo fue una terrible noticia, solo opacada por la trayectoria del descomunal, trayectoria que los científicos calcularon chocaría con el planeta Tierra en unos años.

Y la cuenta regresiva comenzó. A medida que el inmensurable ente se proyectaba al interior del sistema solar, la narrativa de Lovecraft cobraba sentido; lo tenían como un visionario que pudo predecir el fin de la humanidad. Por otra parte los gobiernos desarrollaron armas y refugios, guerras y muerte tratando de apoderarse de todos los recursos para sí mismos. La humanidad colapsó. Se inició el holocausto. Las matanzas por el agua y el alimento diezmaron pueblos enteros, las naciones empezaron a sangrar convirtiéndose en cenizas y espejismos.

La bestia del fin del fin del mundo, llamado así por extremistas religiosos, movilizó masas que en nombre de la fe, se unieron al festín de la mutilación. Las leyes desaparecieron y la sociedad retrocedió a una época barbárica, la ley del fuerte imperó, se perdió a la mayoría de los niños. Varias generaciones quedaron enterradas en fosas comunes sin nombre ni pasado.

Por fin los estragos del imposible monstruo devorador de mundos comenzaron a sentirse en el planeta, su gravedad desató olas y tormentas, abrió la tierra y esta se tragó los costosos refugios de los que habían conservado el poder con sangre y vacuas promesas. No quedaba lugar a donde huir, lo que los humanos no mataron la propia naturaleza, poseída por fuerzas externas, se encargó de destruir. Lo peor aún no acontecía, meses antes de la llegada del titánico ser, la humanidad se inmoló en un festín de sangre, placer y muerte.

Fue llamada “La Fiesta del Fin del Mundo”, un bacanal sin control, una orgia sin restricciones, en la que los pocos humanos que restaban en la tierra ahogaron la desesperanza. Bastaba alzar la vista para ver al coloso, con sus numerosas y gigantescas bocas repletas de exagerados colmillos, aquello motivaba a seguir bebiendo, fornicando y matando, ya no importaba nada. En el último momento se presionaron los botones rojos alrededor del globo terráqueo y la Tierra murió repleta de estallidos nucleares que cubrieron la atmosfera con nubes toxicas de aquí hasta la eternidad.

Y el exorbitante ser, por alguna razón que se desconoce hasta el presente, desvió en el último momento sin tocar el planeta, planeta sin humanos donde nosotras, las cucarachas, hemos evolucionado, siendo inmunes a la radiación, hasta establecernos como la cabeza de una nueva pirámide alimenticia impulsada por la era radioactiva.